lunes, 11 de julio de 2016

Plateros

La última vez que visité la casa de mi tía Alicia fue hace como un año. Mi mamá, Sergio y yo pasábamos unos días en la Ciudad de México y habíamos hecho planes para visitarla. Los cambios de clima, combinados con el repentino relajamiento de estar de vacaciones, provocaron que mis defensas inmunológicas también se fueran de asueto, llevándome pronto a enfermarme. Esa tarde apenas tenía los síntomas previos de un fuerte resfriado que se traducían en una tos aguda.
Siempre que alguien visitaba a mi tía, lo primero que hacía era hacerlo sentir cómodo ofreciéndole algo de comer y de beber. Así fue esa tarde. Departimos por un buen rato hasta que se le ocurrió a mi tía ofrecerme ir a su cuarto para recostarme un rato en su cama, porque la tos no cesaba. El asedio de Messi, su infatigable perrito, aunado al 10% de batería restante en mi celular me hicieron considerar su oferta. Ya había tomado una pastilla de nomeacuerdoqué, que la tía Alicia complementaría con un jarabe con propóleo y noséquémás que, aseguraba, me quitaría la tos en un santiamén. Al sentirme chiqueado y un poco cansado por la medicina, opté por retirarme a su cuarto.
Después de acostarme en su cama me di cuenta de que años antes yo había dormido ahí, aunque ahora la habitación se me hacía mucho más angosta. En las vacaciones de verano de algún año incierto de mi niñez, mis primos Hugo y Diana me invitaron a pasar una semana con ellos en su natal DF, con su abuela, mi tía Alicia. Me quité los zapatos y me puse cómodo. Conecté el celular. Revisé el Face y pronto me aburrí. Le cambié a los canales de la tele y me aburrí más. Pero por alguna razón era agradable estar solo ahí, rememorando los días de aquel verano.
Vagos recuerdos de esa casa se aparecían; memorias deslavadas. Lo único que podía ver era una cama en el piso que compartíamos los tres niños (o quizá sólo Hugo y yo) durante las noches que dormimos ahí. No recordaba cómo estaba acomodado todo. Sólo me veía jugando en los colchones con Hugo, Diana, Óscar y Dani, mis otros primos que, junto con mi tía Marucha, eran vecinos de Alicia. De aquel viaje, un recuerdo se aparecía con más claridad: la tía Alicia levantándonos muy temprano, dándonos de desayunar y preparando comida para llevar al paseo que haríamos cada día que estuviéramos ahí. La tía preparaba una bolsa entera de sándwiches. Llevaba fruta. Cada uno de nosotros llenaba una botella de plástico con agua. Todos reprochábamos el levantarnos temprano y el ir cargando comida. Pero más tarde, después de las largas caminatas por avenidas, parques y museos, los itacates que habíamos cargado se convertían en las viandas más exquisitas que pudiéramos probar. Con el tiempo la enseñanza se revelaría en plenitud: para disfrutar algo no hace falta mucho dinero, sino ganas y decisión para llevarlo a cabo.
 Sí, siempre lo he sostenido: yo conocí el DF gracias a mi tía Alicia. Aunque ya había estado otras veces en la capital, y muchas más iría después de eso a visitar y conocer otros lugares —en realidad uno nunca deja de conocer esa ciudad—, la semana de aquel verano de algún año de los noventa viví mi primer contacto profundo con la gran Tenochtitlán, de la mano de esa especie de Coatlicue que era mi tía Alicia. Ese viaje, sin quererlo, se convertiría en un punto de referencia para muchos otros viajes en mi vida. Además, los puntos recorridos renacerían en mis subsecuentes retornos a la ciudad. 
Esa misma tarde, cuando entrábamos a la unidad habitacional de Plateros, que es donde vivía la tía Alicia, su hija Lara y, en otro departamento su hijo Paco y familia, mis ojos se topaban con remansos del pasado que encerraba Plateros. Árboles enormes como formando laberintos. Niños jugando en los corredores que separa cada edificio. El lujo de vivir en una ciudad donde sí pasaban las caricaturas del canal 5, como decían los anuncios, a diferencia de los infomerciales que transmitían en la provincia. Posibilidad de comprar Chocotorros y Twinkie Wonder en la tienda de la esquina. El recuerdo de mi hermano vomitando cuando era bebé supuestamente por la altura de la ciudad a la que no estábamos acostumbrados (ahora veo que tiene más lógica que haya sido la leche que tomó antes de comenzar a jugar luchitas en la cama). La constante amenaza de la inseguridad que representaba, para un provinciano, transitar las calles de México en aquel entonces. En resumidas cuentas, una mezcla de terror y fascinación que sólo experimenta el que se ha enfrentado a ese gran monstruo que es la Ciudad de México. Un monstruo, sin embargo, que te hace suyo y no te suelta más. 
Recorrer con mi tía y mis primos algunos de sus recovecos sería algo inolvidable. Estaciones de metro, la Oficina de Correos, la Torre Latinoamericana, el Palacio de Bellas Artes, la Alameda Central, el Zócalo, la Catedral, el Zoológico y el Castillo de Chapultepec, la Zona Rosa, el Papalote Museo del Niño, la Basílica de Guadalupe y hasta un paseo en bicicleta por Ciudad Universitaria, fueron algunos de los lugares que conocí desde esa edad gracias al enorme corazón, paciencia y cariño de mi amada tía.
El ladrido de Messi me hizo volver a la realidad. 55% decía el celular y la tarde se hizo noche. La tía Alicia y Lara nos invitaban a quedarnos en su casa. En su mente, quizá, podríamos seguir cabiendo en camas y colchones como años atrás lo hicieran aquellos niños. Agradecimos y, con la infinita vergüenza que sufre un mexicano al tener que rechazar una invitación, decidimos buscar un hotel. Su insistencia en que nos quedáramos sólo menguó cuando accedimos a, al menos, aceptar una de sus sugerencias para encontrar albergue cerca de la Avenida Revolución. Nos despedimos y aseguraron vernos al día siguiente en casa de Paco. “Aquí está tu jarabe, tía. Muchas gracias”. “No, hijo, llévatelo. A ti te hace más falta. Vas a ver que te hará bien”. La tos desaparecería, sí, pero el resfriado era inminente.

Hoy mi madre me dio la noticia de que la tía Alicia había decidido no despertar más. Así de simple. La decisión no me extrañó, viniendo de alguien que siempre hizo lo que quiso. Nadie que la haya conocido da crédito pues, hasta donde sé, no sufría de ninguna enfermedad. Fue una mujer cuyo ánimo, fortaleza y energía no conocían límites. Desde que tengo uso de razón, la recuerdo viviendo en la Ciudad de México pero haciendo viajes intermitentes a Xalapa, Coatepec, Úrsulo Galván, San Luis Potosí, y muchos otros lugares donde tenía gente conocida que la recibía siempre con los brazos abiertos. Después de intentar calmar a mi madre por teléfono, me pregunté cómo puede una persona tan activa apagarse así. Enseguida encontré la respuesta cuando se me apareció en la mente la imagen de una estrella extinguiéndose. La tía Alicia era eso, una estrella que se dedicó a brillar y a iluminar la vida de todos los que la rodeaban. Si alguna vez estuviste a su lado, sin duda habrás sido testigo de su intensidad. 
Es cierto que muchos apreciamos sus historias, consejos, regaños y palabras de aliento —nunca olvidaré esas porras que me echó en mis partidos de futbol de niño, o su característica manera de extender Las Mañanitas cantando “Del cielo cayó un pañuelo…”—. Pero yo puedo decir que la enseñanza más grande que me dio mi tía no fueron sus palabras, ni sus consejos ni siquiera los momentos en que me llevó a conocer cosas nuevas. No. Lo que yo llevaré siempre en el corazón gracias a la Tía Alicia es la enseñanza de que la vida hay que vivirla con intensidad, que el tiempo en que estamos aquí puede acabar de pronto, así, sin esperarlo, y que por lo tanto sólo tenemos una misión en la vida: disfrutarla. La tía, pues, predicó con el ejemplo. Me disculparía por parecer que recurro al lugar común del “vive la vida al máximo”, pero no me atrevo puesto que en verdad ella hizo de ese mantra su estilo de vida, sin excusas ni concesiones. Y hoy que se fue así, esa enseñanza cobra más sentido; se vuelve total.
De la tía extrañaré sus abrazos, sus palabras de ánimo, sus piropos, sus sonrisas y sus historias. Pero a la vida le agradezco que haya tenido a esa persona como guía y ejemplo. Tía Alicia: te llevaré siempre en mi pensamiento y en mi ser. Descansa en paz.

Óscar, Hugo, Dani, Mariana, Vanesa, Kike y yo con la tía.

Con Mamalucha

Su cumpleaños en 2005, con el Tuca Ferreti como técnico de Monarcas Morelia
En la Huasteca Potosina

Con mi mamá

Visita express

Con (algunos de) sus hijos

Con Mamalucha en mi graduación de licenciatura

Chachalacas

Renegada

Indómita

Su cumpleaños en 2015


miércoles, 6 de julio de 2016

Cualquiera diría

Cualquiera diría que estoy triste. No es así. Lo que pasa es que hoy es uno de esos días en que la tristeza salpica todo lo que te topas. Pero como dije, hoy no me tocaba estar triste. No obstante, puedo apreciar la tristeza, olerla, saborearla, pero sin que me intoxique.

Me explico.

Todo comenzó al salir de la biblioteca a eso de las nueve y media de la noche, cuando en estas fechas apenas está oscureciendo. El azar hizo que el cd que traigo en el coche reprodujera esta canción:


La voz de Mac Demarco, que imagino está suplicándole al destino (a la muerte) que no se lleve a su amiga, me conmueve. No, este no es un lamento de un corazón roto por un romance fallido. Hay una pena de otro tipo, ni mayor ni menor, simplemente diferente.

La segunda pincelada de tristeza la encontré al sumergirme en las primeras páginas de un libro que acababa de recibir por correo y que no pretendía iniciar. (Recibí 3 hoy, por cierto, y quizá por eso es que me he sentido de buen humor. Me gusta recibir libros buenos que me costaron 1 centavo más 3.99 de envío). La cosa es que acababa de cenar y me senté a hojearlos. Tal vez sea que el encuadernado de Sexto Piso hace que tus manos no quieran soltar el libro, o tal vez que la historia del oficinista desdichado que narra Daniel Saldaña París me cautivó. Compré su libro por curiosidad y por el precio. Hasta entonces a DSP sólo le había leído algunos cuentos, poemas y sobre todo tweets, pero tenía mis reservas de entrarle a una novela suya. Lo que pensé que serían sólo unas líneas sentado en el sillón, mientras la cena hacía digestión, se convirtieron en ochenta páginas leídas.


Hubiera leído más páginas si no fuera porque me topé con la tercera (y quizá la más significativa) "tristecería", y de la cual me convierto en fiel fanático desde ya (iba a postearlo en FB pero son de esos placeres que prefieres que duren más tiempo "en incógnito" aunque, uno, ya tiene varios meses que fue el estreno, lo cual quiere decir que soy yo el que llega tarde, y dos, seguro que dentro de poco se hará popular, repito, si no es que ya lo está siendo). Me refiero a Horace and Pete, un programa-de-televisión-no-transmitido-en-televisión, creado por Louis C.K. No voy a escribir sobre qué va porque lo arruinaría --y porque escribir esto me está llevando más tiempo de lo que esperaba y ya tengo sueño--. Sólo diré que fue un hallazgo un tanto sorprendente; muy agradable. La imagen atribulada de Louie quedó plenamente superada. Mientras lo veía noté que mi noche había tenido el mismo matiz cetrino. Al terminarlo confirmo que la tristeza no siempre tiene que ser amarga, y que hay días en que uno debe disfrutar exprimirle cada gota sin el temor de que permanezca el dejo del sabor ascibarado antes de dormir.

[Por cierto, vi sólo el primer episodio en un sitio de streaming gratis, pero en cuanto me encuentre económicamente más estable, me gustaría pagar lo que cuestan los episodios aquí].


domingo, 26 de junio de 2016

Interacciones masculinas aquí y allá

Dos hombres se encuentran en la terraza de un bar justo antes de la puesta del sol, cuando el calor ya ha permitido salir de los espacios acondicionados por el aire frío y fabricado.

Cada uno de ellos —tanto el que llega como el que ya estaba— está acompañado por una mujer. Los tipos se reconocen, se saludan con voz gutural. El que llega se acerca mientras el que ya estaba levanta la mano pidiendo un high five, que resuena por el entusiasmo del otro.

La pareja que llegó entra al bar. Salen. Quizá no les gustaron las ofertas. Se despide del conocido. Exige un nuevo high five pero el que estaba en la terraza se lo intercambia por un abrazo. Se levanta de su silla, alza los brazos, se dan tres, cuatro palmadas en la espalda mientras intercambian información de sus planes del resto del verano. En tres segundos. Se separan.

Las chicas sólo miran. No dicen una palabra.

El abrazo termina y en seguida recuperan el espacio de su burbuja. El recién arribado se aleja con su compañera mientras, de perfil, termina de explicar con parcas frases (aún guturales) lo que hará durante el verano. Sendas frases al unísono cortan la conversación.

El encuentro. Uno se fue. Otro se quedó.

¿Qué tipo de abrazo fue ese? Por cinco segundos pareció que sus acompañantes no existían. Dieron la impresión, con ese abrazo, de haber compartido algún momento entrañable en el pasado. Pero sólo fue digno de esos escasos segundos. Nada más.

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Yo le doy otro trago a mi cerveza en la silla de al lado y me pregunto cómo habría sido la misma escena en México.

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1- El que llega
2- El que estaba

(1 chifla a unos diez metros de distancia. 2 voltea, reconoce, sonríe y regresa el chiflido).

1- ¡Qué pedo, mijo! ¡Qué gustazo, cabrón! ¿Cómo estás? (levanta la mano para darle un apretón).

(2 se levanta como impulsado por un resorte y responde el apretón de manos, seguido por el respectivo abrazo más otro apretón que sella el saludo). 

2- Bien, wey, qué gusto verte. No mames, ya tenía un buen… Mira, te presento a X2.

1- Ah, mucho gusto, soy 1. Ella es X1.

(Las chicas se saludan de beso y también a los dos tipos).

1- ¿Qué has hecho, cabrón? ¿Qué se toman?

2- Una micheladita, le quedan buenas al José. Entren por unas.

1- Eso le decía a X1. Aguántenme aquí, voy a pedirle un par y seguimos el coto. Ahorita vengo, X1.

(Le da un beso en la mejilla. Luego una palmada en la espalda a 2. Entra. Sale con dos micheladas y botana. Los 3 que se quedaron afuera ya están hablando de alguna anécdota que 1 y 2 compartieron en el pasado. 1 se integra a la conversación soltando una carcajada para revivir aquellos momentos juntos…).


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Mi conciencia vuelve a la terraza del bar gringo en este atardecer que, con mi cerveza, evaporó la ensoñación de México. Releo lo escrito y me doy cuenta de que, aunque exagero, no sería difícil que la segunda escena sucediera en realidad. Ha sido la nostalgia de estar lejos la que la ha elaborado así. Opto por dar el último trago y me voy. 

jueves, 25 de febrero de 2016

Que diez años no es nada

Escribo desde el piso de mi recámara, con el celular. Veo el techo reflejado en el espejo porque me duele la espalda y hago estiramientos para menguar la molestia.

Escucho a Ikira Barú luego de revisar mi último post, y ponerme a buscar más boleros.

Cambié la apariencia del blog para tratar de animarme a escribir más. Dicen que sirve para salir del hoyo de inactividad cuando se escribe una tesis.

Yo escribo una desde hace un año. Estudio literatura en Estados Unidos porque quiero ser maestro en alguna universidad de acá... O de donde sea. Pero de acá de preferencia (excepto si Trump envenena la mente de la cantidad suficiente de personas que lo podrían hacer presidente, en ese caso, me daría miedo vivir aquí).

Me duelen los brazos porque la sangre no sube cuando escribes con el teléfono en el aire. Me mudo al escritorio.

Aahhh... Aproveché para quitar a esta Barú que ya me hartó después de tres canciones. Regreso a Beny Moré. Dice que los mexicanos bailan bonito y sabroso el mambo. Qué triste. Me gustaría saber bailar mambo así.

Algo de lo que dice me recuerda a mi tesis. Ando buscando novelas y películas producidas en este siglo que ponen en cuestión "lo nacional". Aunque quiero convencerme de que la tesis es más compleja que eso. Ya se verá.

Pensaba también que la primera entrada de este blog nació en el escritorio de una oficina. Diez años después, publico uno desde mi celular, a kilómetros de distancia. ¿Qué tanto habré cambiado en estos casi diez años? Por ahora la respuesta más inmediata a esa interrogante me la da la necesidad de volverme a estirar para que no me duela la pinche espalda. Horas nalga, que le llaman. ¿Cuántas habré sumado en todo este tiempo?

Bueno, estas líneas tenían la intención de probar escribir desde el aparato este. Igual y así transmito más ideas. Igual y no.

martes, 15 de noviembre de 2011

Lo irrecuperable


Hoy escuchaba la canción “Inolvidable” en la voz de Tito Rodríguez. Qué chingones son los boleros. Luego me puse a pensar en cómo muchas manifestaciones del arte pueden ser arruinadas por las adaptaciones. Aunque también pueda ocurrir lo opuesto —con menor frecuencia—. Me limitaré a dar un par de ejemplos que reflejan mi primera apreciación, los cuales tienen una obvia explicación generacional: cómo se han contaminado algunos boleros que he conocido por cantautores como Luis Miguel o Charlie Zaa, máximos usurpadores del género, y por otro lado, la apropiación del imaginario de tantos cuentos que ha hecho Disney en sus películas.
¿Qué pasa, entonces? ¿Es válido? ¿Ayuda? Difunde, sí, pero una parte de la esencia original del producto artístico se esfumará y al resto le quedará impregnado este dejo del intérprete nuevo, del adaptador. El espectador o escucha, en estos casos, deberá restregar muy fuerte el cochambre que tiene la versión original por culpa de la copia.
Los que crecimos en los ochenta, nunca podremos quitarnos de la mente la imagen de la niñita rubia que creó Disney cuando leamos a Carroll. Y también será inevitable esperar las inflexiones interminables con las que remata “El sol” sus interpretaciones, al sentarnos a disfrutar de un buen ron, acompañados de voces como de La Lupe, Beny Moré o Ibrahim Ferrer.
Esos detalles irrecuperables hacen del arte algo más nostálgico de lo que ya de por sí es.

Imagen de Camille Rose Garcia, tomada de un blog.

martes, 3 de marzo de 2009

Throwing the rind

Después de muchos, muchos meses, volví a tocar un balón de futbol, y por primera vez, echando una cascarita con una mayoría de gringos. Fue realmente algo nuevo en muchos sentidos. Es decir, las reglas del futbol de salón son básicamente las mismas, pero la manera en que la gente lo juega, se siente diferente.
Para empezar llegamos tarde al gimnasio y tuvimos que llenar una hoja donde estábamos de acuerdo en que si sufríamos algún accidente, la universidad no se haría responsable, etc. Fue lo único que quise leer. A todo lo demás le puse que sí y lo firmé. Yo quería chutar, no firmar contratos. Una vez que nos dejaron entrar, sin antes avisarnos que para los datos que faltaban nos llamarían a la casa para confirmar, nos acercamos a la parte del gimnasio donde, en cada extremo del ancho del lugar habían colocado sendas porterías. Ya siete jugadores de cada equipo había comenzado a tocar el balón. Mientras Carlos y yo nos quitábamos los pantalones... (ok, eso se leyó muy puñal). Mientras el parcero y yo nos poníamos cómodos para entrar al terreno de juego, espeté "¡hay reta!", pensando que al menos el colombiano entendería mi chiste, pero nada pasó. Después de explicarle el mexicanismo, el chico que nos invitó a jugar nos dijo "Carlos, you go with the ones in white, and Luis with the ones in dark", ya que mi camisa era azul y la de Carlos ligeramente gris. Me dije "¿Quién necesita uniforme, si al gol unos se pueden quitar la playera?" Pero aceptamos y entramos.
Los primeros 3 minutos pasaron y ambos ya estábamos sofocados. Me acerqué a Carlos y le dije "Wey, ¿sabes cómo se dice "punteadita" en inglés?, ¡porque ese cabrón me mandó a la guerra!". Y el otro; "¿Punteadita? ¿Cómo así, huevón?". "Nada wey, nada... (me desmarco). Ira, ira, i'm alone, i'm alone, touch it! TOUCH IT! ¡Me lleva la vergaaaaaa!".
Pasaron quizá otros 7 minutos y la saliva comenzó a secarse en la boca. Me di cuenta que el suelo estaba muy limpio para mancillarlo con un charquito blanco. De nuevo pensé cómo hacían estos cabrones. Hasta los futbolistas de la tele escupen. Me la tuve que tragar.
Después de mis inútiles intentos de pedir el balón con traducciones literales, me rendí y comencé a jugar callado, haciendo ruidos con la lengua, chiflando, o simplemente diciendo "hey, hey". Eso de la jerga futbolera es algo interesante y no se aprende más que jugando y viendo qué significa cada palabra. Por ejemplo, después de que un contrincante despejó un centro de un cabezazo, vi el balón venir, elevado, hacia mí. Era cuestión de matarla con el pie, alzar la vista y abrir juego. Pero justo cuando "fildeaba" el esférico, alguien de mi equipo gritó "Time, time", lo cual me distrajo pues pensé que querían detener el juego, así que bajé el balón y no di el pase, y alguien más me quitó la pelota de los pies. Carlos estaba cerca, y le dije "No mames culeros, ¿quién dijo "pido"?". "¿Quién dijo qué?" "Nada, pinches tranzas". Minutos más tarde, noté que se decía "time" cuando la persona que recibía el balón estaba solo y tenía tiempo para pensar qué hacer con él. "¿Y el "no te llegan", dónde quedó?". También me di cuenta del valor de una preposición en el inglés (time vs time out).
Transcurría el juego y noté que éramos un chingo. Luego pensé, en México, de estos 16 saldrían 4 retas, a dos goles. Pero no me quejé, pues mi condición física se acoplaba mejor a un equipo numeroso. Y luego, cuando Carlos voló como por quinta vez el balón dándole un uñazo, me dijo "Marica, es que este fútbol se juega con un balón más pesado. Éste está muy rápido, ¿no cree?" Yo asentí, aunque también pensé que quizá debía modificar un poco su técnica de golpeo.
Los gringos no jugaban mal, eran rápidos, hacían a veces buenas paredes, pero sí reflejaban algo de lo que vemos en los partidos profesionales: el contragolpe. Les encantaba mandar balonazos al delantero quien, muchas veces, la cagaba. Además, les falta ese "joga bonito", que no sólo los brasileños tienen, sino también muchos futbolistas frustrados latinoamericanos tenemos. El hacerla chiquita, encarar, intentar un túnel, una bicicleta, hacerla de sexto año. Vi tan sólo dos jugadas más o menos así en hora y media del partido.
El water break llegó. Tomamos agua del dispensador que estaba a un lado. Ni modo, no había ninguna tiendita cerca que vendiera Jarritos de rojo. No hubo chutes a la portería ni reunión para comentar algún gol, o burlarse por el fallo de alguno en el entretiempo. 5 minutos y ya habían cambiado de cancha. Ahora chutaba para abajo.
No había jugado tan mal y ya me había ganado la confianza de más de uno para pasarme el balón. Pero ninguno me llamaba ni "blue", ni "dude", ni nada. Necesitaba la imprecación del desconocido gritándome "chavo", ya que mi playera carecía de número en la espalda.
En cuanto al "fair play", lo desempeñan bien. Hubo dos faltas, y una de ellas no había existido, bajo mi criterio. Nadie se echaba cuerpo ni se jalaba la camiseta. Lo más rudo que vi fue cuando retrataron a Carlos en los huevos, pero las risas que se escucharon no fueron suficientes.
Nosotros ganábamos por varios goles, y de repente uno de los de mi equipo dijo, no me acuerdo cómo, en inglés "2 goles gana". "No chingues, ¡si vamos puteándolos! Eso sería un gol gana para nosotros, y 3 para ellos", pensé. Pero seguimos jugando. Metimos el primero, luego ellos nos igualaron y, finalmente, después de un mal despeje al centro de nuestro defensa (porque no había portero, aunque nunca escuché que dijeran moveable goalkeeper), un pinche pelirrojo del otro equipo la recibió y tiró desde muy lejos incrustando el balón en nuestra red. Yo quería decir que era "too far, no mamar", pero esperé que alguien lo dijera en buen inglés. En vez de eso, todos comenzaron a caminar y a darse la mano, felicitándose por el buen partido. No hubo reclamos. ¿dónde había quedado la pasión por tratar de ganar el encuentro? Tampoco me quejé.
Todavía hubo tiempo para jugar algo más. Vi que se ponían en círculo y me acerqué. El juego se trataba de dominarla, primero dando un toque, luego dos y luego tres, cambiando esta regla cada que uno que la cagaba. El que la cagara 4 veces, me explicaron, se pondría en la pared para que todos los demás intentaran retratarlo. Esto sí me gustaba, pero lo hacían muy... ortodoxo.
Perdieron dos güeros y nos apuramos a dispararles, ya que las personas encargadas del gimnasio ya habían comenzado a apagarnos las luces. Nadie les atinó.
Finalmente corrimos a vestirnos y nadie preguntó un "what's up dude, what's your name?, where are you from?, what are you studying". Sin embargo no me sorprendió, pues después de más de seis meses he notado que muchos americanos, y especialmente los hombres, son socially retarded.

miércoles, 4 de febrero de 2009

Así son todas

Le preguntaba a mi papá si sabía tocar alguna canción de José Alfredo Jiménez y, sin esperarlo, respondió con unas palabras demasiado profundas:

"Todas llevan el mismo sonsonete".

En efecto. Palabras sabias que nunca olvidaré.

miércoles, 3 de diciembre de 2008

Roll out the barrel

El futbol americano es un culto en Estados Unidos. Cada domingo familias enteras se pasan horas pegadas al televisor únicamente viendo partidos de este deporte. Algo curioso es que en fechas tan tradicionales aquí como el Thanks Giving Day, lo único que hace la gente además de comer, es... Sí, ver futbol americano.

Mi experiencia

El equipo del estado de Wisconsin es Green Bay Packers, como ya sabrán algunos. Los "Empacadores" es un equipo muy importante y con mucha historia en los Estados Unidos. Alguien me dijo el otro día que lo peculiar de este equipo es que no tiene un solo dueño, como la mayoría, sino que es el propio pueblo el dueño del equipo, es decir, hay como una cooperativa o algo así que "paga" por mantener al equipo y ser su dueño, por ello es que la gente en Wisconsin le tiene tanto aprecio. Al pensar en esto me puse a pensar que en Veracruz hacemos lo mismo con los Tiburones Rojos, pagamos con nuestros impuestos el sueldo de los pinches jugadores que no pudieron ni siquiera mantenerse en la primera división.

Hay gente que es de Wisconsin y no ha podido ir a un partido en toda su vida, porque dicen que es dificilísimo conseguir boletos. Quién sabe, quizá no han intentado mucho. Pero eso dicen. Personalmente no soy un gran aficionado de este deporte. Si alguna vez vi algunos juegos fue porque no tenía otra cosa qué hacer, porque eran playoffs, o porque estaba con el Palafox, quien me inculcó un ligero fanatismo por los Steelers. Pero estando en este país, mi interés comenzó a crecer, tomándolo como un simple estudio etnográfico.

Una amiga consiguió 4 boletos para el juego del domingo pasado contra Carolina Panthers. 75 dólares era el precio, 16 dólares más caros que el precio original (su tío debía obtener una ganancia por ellos). Alejandro estaba invitado pues también conoce a Kristi, la amiga que los consiguió, así que me insistió para que fuera con ellos. Sonaba bien pero me dolía el codo pagar tanto. Sin embargo era una oportunidad que no se presentaría con tanta facilidad, así que acepté. Ese fin de semana yo andaba en Milwaukee, y ella se ofreció a ir por nosotros hasta allí para regresar a su casa, que está en un pueblito cerca de Green Bay.

Llegó a las 7am por nosotros. Medio dormidos y bien abrigados, nos subimos a su coche y viajamos por casi dos horas, creo, yo me dormí un ratito en el asiento trasero. En su casa nos esperaba Cara, su amiga que también nos acompañaría. Primer paso: agarrar cuanto souvenir u objeto representativo de los Packers tuviéramos a la mano. Kristi nos dio un jersey y demás parafernalia con la que cargamos. Luego los cuatro nos dirigimos a Green Bay. En la carretera pudimos darnos cuenta que 9 de cada 10 coches tenían el mismo destino que nosotros. Todos te ven detrás de su ventanilla y te sonríen en señal de complicidad. También los reconoces porque llevan ropa de color verde con amarillo.



Tailgate


Al llegar cerca del estadio, después de unos minutos enmedio del tránsito, comencé a darme cuenta que no estaba tan lejos de las costumbres de mi país. La gente acá también renta los espacios en sus garages para que la gente se estacione. Vi precios que oscilaban entre los 10 y 20 dólares. Nosotros pagamos 20, pero era en una gasolinera. Teníamos cerca baño, tienda y un lugar cercano al estadio.



Coches estacionados uno tras otro y gente en la parte trasera, con la cajuela abierta y un asador en el piso, asando "chorizos" (brats) y carne para hamburguesas, y con una cerveza en mano, a una temperatura de 2 grados celsius bajo cero, aproximadamente. Eso es el famoso "tailgating" y lo hace la mayoría de las personas que va a un partido de futbol americano. Creo que también se aplica para otros deportes. Nosotros nos bajamos, llevábamos chorizos, pan y los aderezos necesarios. Fuimos por unas cervezas y comenzamos a asar la carne. Kristi llevó 2 tubos de pintura de color amarillo y verde, así que decidimos pintarnos la cara. Sólo porque sé que es algo que no creo volver a hacer en mi vida. También llevamos unas pancartas que decían, divididas en 4 cartulinas, "We came here", "all the way from", "Mexico" y "Legally..." Fueron la sensación, hubo gente que incluso nos tomó fotos.



Kickoff


A las 12 era el partido, y desde las 11:30 nos dirigimos al estadio. Lambeau Field es su nombre y nos tardamos como 20 minutos para poder entrar. Nuestros asientos estaban en casa de la chingada, o como dicen aquí, teníamos "nose bleed seats", debido a la altura en la que se encuentran ubicados. Pero no importaba, quería sentir y ver toda el ambiente de un juego.

En pocas palabras fue una experiencia muy emocionante por diferentes motivos: por sentir la energía de tanta gente gritando al mismo tiempo, por ver cómo el equipo local se levantaba después de ir perdiendo (aunque al final perdieran), y por sentir cómo nevaba en el último cuarto, del mismo modo en que alguna vez vi algún partido de los "Empacadores" en la tele y pensé "qué hueva jugar bajo la nieve". Ahí estaba yo, bajo la nieve y bajo mucha ropa y algo de pintura verde y amarilla, viendo cómo el cielo se ponía cada vez más gris hasta que empecé a sentir cómo comenzaban a caer los primeros copitos de nieve. Al final, un poco decepcionados por la derrota, todos los aficionados, muy en orden, fuimos abandonando el estadio en busca de nuestro auto para salir de ahí.



Con prisa y enmedio de un tránsito peor que el de la mañana, nos dirigimos a la estación de autobús para dejar a Alex a tiempo para que pudiera regresar a Milwaukee. Nosotros no regresaríamos a La Crosse hasta la siguiente mañana, porque una tormenta de nieve nos impediría viajar esa noche.

Retomando...

No he escrito desde hace más de tres meses. Por huevón, básicamente. Al grano; trataré, desde hoy, de escribir sobre algo que me haya hecho reflexionar desde que vivo en La Crosse, principalmente diferencias-semejanzas culturales. Aquí voy. Esta vez intentaré ser más breve; no necesitan agradecerlo.

domingo, 31 de agosto de 2008

Una semana

Saturday night. Sí, ya estabas harto de la rutina de cada fin de semana: "¿Qué pedo, qué se va a hacer al rato?" A veces salías a pagar a algún antro y ver la misma gente de siempre (no los amigos, sino los otros que repiten con más frecuencia la rutina que tú hacías), u otras veces se armaba en la casa de alguien, quizá esto era más agradable. Con sus matices, pero al final era redundante.

Ahora son casi las 2 de la mañana y acabas de abrir la tercera cerveza. Natural Ice, 5 dls. el paquete de 12 latas (ayer encontraron Carlos y tú un paquete de 30 en 12 dls.). Lager, 5.9% de alcohol -casi lo de una Casta, pero sin ese delicioso sabor-; no está nada mal. Ratificas el poder de la música, te transporta, te tranquiliza y despierta tantos recuerdos. Ríes porque si tus amigos supieran qué estás escuchando en este momento, quedarías mal. Pero ahora lo disfrutas, no sabes por qué, simplemente te hace compañía. Incluso te mueves al ritmo de la música sentado en la silla. ¿Pero por qué estás escribiendo esto en tu primer fin de semana viviendo en el extranjero? Bueno, no lo sabes. Carlos -Colombia-, Mammen -España- y Annette -Alemania- duermen, no hubo energía ni ganas de salir. Anyway...

Los imprevistos han continuado. Pero ¿para qué relatarlos? Resultaría aburrido (malentendidos con tu cuenta de cheques; insatisfacciones al comprar una cámara fotográfica digital, que afortunadamente pudiste cambiar; intentos fallidos al comprar una laptop que te llevaron, con ese espíritu consumista que empiezas a absorber, a comprar un celular y una tarjeta que quizá no necesitabas con tanta urgencia, etcétera).

(Carlitos, las pedas nos van a salir baratas: voy por la 4a. cervecita y ya me siento pedón. Bueh, tú lo sabes, ese free styling que te echaste antier con tu guitarra me da la razón).

Y bueno, ayer saliste, experimentaste cómo es la vida nocturna en La Crosse. ABURRIDA. Vaya, nada sobresaliente. Primero un bar con suficiente espacio donde tomaste cerveza y viste cómo las mujeres bailaban entre ellas haciendo coreografías ridículas y emocionándose por los éxitos del momento, mientras los hombres hacían pasos ridículos de vez en cuando, o jugaban a los dardos y pool. Enough. Te fuiste a la segunda opción, que esperabas fuera mejor. Nada, quizá lo rescatable fue ver más gente y mejores féminas, que con el paso del tiempo, fueron estando más alegres, pero no te resultó nada interesante. Viste, o intentaste encontrar, algo divertido, pero pronto todo se desvanecía. Quizá necesitabas más alcohol o más familiaridad.

Sí, estoy algo borracho. ¿Es patético tomar solo? No. ¿Y qué se puede hacer si se está enmedio de un pueblo desierto a orillas del Mississippi, sin amigos ni gente que lo conozca a uno bien? Yo no me arrepiento de no haber salido hoy, ¿para qué gastar? Además, queda lejos y ya con lo que caminamos hoy al regresar del mall fue suficiente. Habrá tiempo y habrá conocidos que lo traigan a uno en coche. Por ahora... por ahora decidimos quedarnos. Ellos descansan, yo divago y hago muecas cuando trago el líquido amargo. No, no tengo sueño. Tampoco tengo algún pendiente mañana como para preocuparme de que me estoy desvelando. Ya van a dar las tres y me vale una chingada.

Tiene sus cosas buenas el vivir "solo". Tú eres tu propio lazo. Pero también te das cuenta de que mañana tienes que planchar esa ropa que "lavaste" ayer (la lavó esa máquina que está allá abajo), y que si sigues con esta dieta de comer cosas improvisadas y hechas fácilmente gracias al microondas o al pobre ingenio de un puberto que calienta unas quesadillas en el comal, pronto irás ganando peso y perdiendo salud -y dignidad-. Espera, que la tercera meada te llama. Regresas con un sandwich -la mostaza te trae recuerdos-. y sigues escribiendo mientras piensas que ahorita quizá estarías parado en un carrito de tacos o de jochos. La salsa tabasco que compraste en Wal Mart es lo único que le da sabor a tus comidas. Sabes que normalmente no le echarías tanto picante a tu comida, pero en estos casos esta salsita le quita un poco la insipidez a lo que consumes.

Mhh, masticas, bebes y ríes. Te das cuenta que no eres bueno para cerrar círculos.
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Casi a las 4 de la mañana Mammen salió al baño y te encontró dormido frente a la computadora. Te movió para que te fueras a tu cama. Tiraste la lata de la última cerveza, fuiste de nuevo al baño y regresaste a cerrar la computadora escribiendo, por último, este párrafo.

domingo, 24 de agosto de 2008

Please ring the bell before coming in. Thanks!

23 de agosto de 2008


No dejo de temblar. ¿Fue el café? ¿Fue el hecho de estar a punto de quedar varado en una ciudad donde no conozco a nadie y que además está a 4 horas de mi destino final?

Un viaje tortuoso. Hasta ahora eso ha sido, simplemente por el hecho de haber perdido cosas. Primero, extravían mi equipaje. Lo mandan, al parecer, a Tijuana. Al darme cuenta de la carencia comienzo a perder el control. El aeropuerto de Chicago, al menos la terminal a la que llegué, no es tan grande como pensaba. Busco a alguna persona que trabaje para la aerolínea en la que viajé, la encuentro pero se muestra poco servicial. Al final, me indica qué procede: levantar algo así como un reporte de extravío de equipaje (no ocupan la palabra "extravío"; no les conviene). Con los nervios a tope por sólo pensar que no recuperaré mi equipaje, comienzo a buscar papeles en la bolsa que llevo al hombro, la cual, por la escasez de espacio, contiene apretadamente unos cuantos libros, mis papeles de viaje y un estuche con CDs. El estuche estorba. Lo debí haber sacado en una de esas veces que buscaba teléfonos o direcciones para que me notificaran del extravío, pero no recuerdo cómo ni dónde desapareció. En él, además de mucha música de mi agrado, llevaba respaldos de la última vez que formateé mi laptop (fotos, textos, videos, etc.).

Rompo, querido lector, la estructura narrativa y hago un comercial de último momento. Nótese el cambio de ánimo en mi pluma, oh atento y amable lector, el cual se debe a haber recibido justo ahora, 12:40pm. en mi camino hacia La Crosse, un tranquilizador mensaje de texto a mi celular de parte de Alejandro diciéndome que mi maleta ya está en La Crosse, que revise mi correo llegando porque consiguió además el teléfono de objetos perdidos del aeropuerto de Chicago, que es mi última esperanza para recuperar mis discos.

¡RESPIROOOOOOHHH!

Salto para atrás en el hilo de la trama. Una frase así, "regresar pa'trás", es la que utilizaba mucho Giovanni (o como lo hayan escrito sus padres boricuas). Giovanni fue, en esos momentos, casi casi el recurso Deus Ex Machina en mi historia, ya que después de salir del aeropuerto para tomar un camión hacia Milwaukee (a donde me reuniría con Alex), encontrábame hartamente preocupado por el extravío de mi maleta y además, por no tener cómo comunicarme con Alex y decirle que mi camión salía a las 3:20, que me esperara 2 horas después. Había intentado hablarle por teléfono de monedas pero no entraba la llamada. Marqué desde mi celular de México, entró (aleluya), pero sólo me dio tiempo de contarle que mi maleta no estaba conmigo, después se cortó la llamada. Al menos él sabía que ya estaba en Chicago. Al salir a la parada del camión, vi a un tipo con facha de latino. Le pregunté en inglés si ahí llegaba el camión hacia Milwaukee. "Sí, me acaba de decir el vato que como en 10 ó 20 minutos llega", dijo. Ok, al menos no es de esos latinos que olvidan el español o se niegan a hablarlo, pensé. Giovanni se llamaba y me prestó su celular para mandarle un mensaje a Alex y decirle la hora de mi llegada. En el camino hacia Milwaukee fue donde me di cuenta del segundo extravío (quizá más valioso), el estuche de discos. Era demasiado tarde, ya no podía regresar a buscarlos.

A partir de ese momento el viaje se volvería doblemente tortuoso. No dejaba de pensar en mi mala suerte, en que todo me estaba saliendo mal, dudando si haber venido había sido lo correcto, etcétera, etcétera. De pronto me di cuenta. Si estaba ahí es porque quería un cambio. Los cambios duelen. No puedo quejarme y llorar sólo porque las cosas se complican. ¿Cuál es el problema? Cosas materiales. Quizá algunas de ellas tengan un GRAN valor sentimental, son irrecuperables, pero... sigo vivo. Puedes salir adelante. Sólo olvídalo. No pienses en ello. Concéntrate en tu nueva experiencia y lucha por estar bien. Si la maleta aparece, llegará a tus manos. Si los discos aparecen, igual. Haz las cosas paso a paso. Lo que esté a tu alcance, más no se puede. Aunque quieras, regresar en el tiempo es imposible.

Me bajé en Milwaukee esa tarde del jueves 21, retrasado como 40 minutos. Hasta ese momento supe el nombre del compañero de viaje, agradecí infinitamente su plática, su ayuda, y valoré su historia. Puertorriqueño radicado casi toda su vida en EEUU, y casado con una mujer de Michoacán, por ello su buen manejo de groserías mexicanas.

Afuera de la estación vi a Calie, quien me llevó a casa de Alex. Un agradecimiento más para ella, pues ni siquiera nos conocemos tanto, pero fue muy amable por recogerme y llevarme con mi amigo. Por fin alguien conocido con quien podría desahogarme. Alex, con quien estuve desde esa tarde hasta esta mañana del sábado, me tranquilizó y comenzó a explicarme a grandes rasgos qué me puede deparar en los próximos nueve meses en el "país de la libertad". Pasé día y medio en Milwaukee, lo cual tal vez contaré en otra entrada. For now, let's live La Crosse.

Post data. Ya recuperé mi maleta. La enviaron hasta el aeropuerto de La Crosse, así que tengo ropa. Los discos, siguen en el limbo.

viernes, 22 de agosto de 2008

Nueva temporada

¡La idioteca se renueva!

Al pisar nuevas tierras, se viven nuevas experiencias. No se pierda próximamente la primera vivencia que este insigne redactor sufrió antes de salir del aeropuerto de Chicago, y las que se irán sumando al pasar de los días...

jueves, 29 de mayo de 2008

Corto

El reciente acontecimiento del joven mexicano que ganó el premio Special Cannes 2008, con su cortometraje Historia de un letrero, ha levantado tanta polémica que me puso a pensar en ciertas cosas que trataré de desarrollar a continuación.

Primero hablaré sobre el papel de los medios. Me enteré hace más o menos una semana en el noticiero de televisión que conduce Carlos Loret de Mola en las mañanas. La nota y la entrevista al recién galardonado se centraban en un punto relevante: cómo un muchacho con escasez de recursos y de conocimientos cinematográficos había logrado coronarse en un festival tan prestigiado.

Loret de Mola nos mostraba entre líneas la ironía del asunto: un chico que un par de veces había intentado ingresar a reconocidas escuelas de cine, sin tener éxito, había sido laureado con el premio canónico (al menos en Occidente) del séptimo arte. El conductor casi casi se preguntaba, un poco consternado, cómo podían atreverse las academias mexicanas a desperdiciar tal valor.

Más tarde vería el cortometraje en mi casa, por medio de You Tube. Sinceramente, para cuando terminó el video sólo dije: "Mmm, pues... lindo y ya". Desde el principio me pareció muy predecible el argumento del corto, además de que las tomas eran notablemente de alguien amateur, y las caracterizaciones las sentí exageradas.

Días más tarde, recibiría 2 ó 3 e-mails masivos donde difundían el logro del mexicano. El suceso comenzaba a darme más en qué pensar. ¿Era en realidad la calidad del film lo que provocaba el revuelo o simplemente un sentir patriotero? Al platicar con una amiga acerca de todo eso, noté que yo comenzaba a encontrar más defectos que virtudes, a lo que ella sentenciaría con un "así de mierda habrán estado los demás". ¿Dos mil cortometrajes peores que eso? Pfff... ta cabrón.

En contraste, el día de hoy la noticia cobró más polémica. Resulta que el cortometraje del tamaulipeco era nada más y nada menos que un plagio. Pasarían en el mismo noticiero lo que un cineasta español haría 2 años antes. Un cortometraje casi idéntico, sólo que en éste se nos ahorraría mucho tiempo de martirio, pues tiene sólo una duración de 30 segundos. El papel del periodista ahora era interrogar al "creador" sobre la autenticidad de su obra. Esta vez el entrevistador se mostaba en una posición muy distinta a la de hace una semana. Dejó, al principio, explicarse al ganador de Cannes, quien aseguraría que él nunca había dicho que era una idea original sino más bien una adaptación y, nerviosamente, daría más argumentos ridículos e inocentes. Loret interrumpiría al muchacho y le haría básicamente la pregunta de "...¿Si tú no eres el escritor, como me lo has dicho 4 veces, por qué en los créditos es lo primero que se ve?...". El chico, dando pena ajena, replicaría: "bueno, sí escribí el guión en mi laptop". (...).

Por otro lado, algo que también se debe considerar básico para discutir sobre el tema es el papel del jurado en el Festival de Cannes. ¿Quién tiene más culpa, el presunto plagiador o los que no se dieron cuenta del acto? Según leí, el festival donde participó el realizador español es uno bastante conocido en los medios on line de España. ¿Cómo es posible que no conocieran el trabajo? Además, haciendo una breve investigación en la red, encontré algunos comentarios que expresan que el argumento del mendigo y el publicista ya es un cuento viejo, o sea que el español también habría estado haciendo una adaptación a una historia ya contada. Incluso por ahí me enteré que esta idea la escribió por primera vez Mark Twain, así es que no es nada relevante. Y yo me pregunto, ¿cómo se pudo conmover el jurado de Cannes con este corto? No entiendo todavía. Y sí, ya sé que lo que se premia es la calidad del cortometraje y no la historia original porque para eso hay otras categorías, pero aún así no me cabe. Al final, parece ser que quien saldrá más cagado en todo esto será Alonso Álvarez, el joven "cineasta".

Realmente creo que es más original la noticia en sí, que lo que vimos en el cortometraje premiado. Tal vez me anime y escriba un guión con dicho argumento (ya saben, el chavito clasemediero que se siente cineasta, gana de cagada Cannes, pero su fama le dura poco tiempo pues descubren que hizo un plagio, terminando fundido en el oprobio). En una de esas hasta me invitan a participar a Cannes. Prrt...

miércoles, 12 de marzo de 2008

25 años


Hoy cumplo 25.

Aún recuerdo mi pastel de los Ghostbusters cuando cumplí 4, y cómo año con año toda la familia (materna, principalmente) se reunía para comer pambazos, tamales, gelatina y pastel, además de partir la piñata y formarse para los envueltos. A veces también había regalos. Y ya entrada la noche, la fiesta mutaba en una bohemia donde mi papá y mis tíos se empedaban.

El día de hoy comí solo en mi casa y no sentí feo. Sé que es un día más y ya. A pesar de eso, muchos conocidos me felicitaron vía SMS o messenger, o facebook, o por teléfono. Estos pequeños detalles al transcurrir el día sí te hacen sentir bien, casi todos se acuerdan de ti y te regalan una sonrisa, es chido. Las bondades de la tecnología aparentemente nos regalan esa oportunidad de no perder la memoria y olvidarnos del aniversario de un amigo. Pero será en los días, meses o incluso años siguientes cuando me daré cuenta de cuáles de todas estas felicitaciones fueron las más... ¿sinceras? Bueno, las que más me llegaron.

¿Cómo será cuando cumpla 50? A lo mejor mis hijos me regalen una suscripción a algún periódico en línea, o mi mujer me prepare de cenar algo que sabe que me encanta cómo le queda, o mis amigos me inviten a pasar una noche bohemia juntos, como lo hacemos ahora, o quizá... o quizá nunca lleguen.

martes, 26 de febrero de 2008

Sea Wolf


Leaves in the River es el nombre del primer álbum de Sea Wolf, la banda del hijo de Susan, una ex-alumna mía de español, y vale mucho la pena escucharlo.

A Susan la conocí gracias a Ann, otra alumna canadiense. A ambas les di clases "particulares" de español en mis ratos libres aquí mismo, en mi trabajo de la Escuela para Extranjeros. Una hora dos días por semana, era poco, pero no podía ofrecerles más para no arriesgarme a que me llamaran la atención en mi chamba. Las dos son mujeres mayores y por lo mismo nos la pasábamos más tiempo platicando de otras cosas, que aprendiendo gramática, aunque eso preferían, así les gustaba el ritmo de la clase.

Después de aproximadamente dos meses que Susan estuvo aquí, el último día de clases hablábamos sobre música, o sobre la familia o sobre noséqué, y ella me comentó que su hijo tenía una banda. Me vino a la mente un puberto lleno de acné tocando en el garage de su casa, diciéndole a sus padres que su futuro estaba en la música para que éstos no se preocuparan del porqué no entró al college. Le hice una o dos preguntas de rutina -¿y qué instumento toca?, cómo se llama la banda?-, y luego ella me diría con su español machucado"Oh, él estar on tour y próximou fin semana está en Sundance Festival-. Ah cabrón, ¿escuché bien?, me dije. "¿Sundance, eh? ¿El festival en Utah?". "Exactly!", she said. ¡Utah madre! No han de ser tan pendejos, entonces. Y así comencé a preguntar más sobre la banda, ella sólo me adelantó que en la producción de su disco había estado Phil Ek (¿uhm?, luego de investigar sabría que él produjo también discos de Modest Mouse, The shins y Built to Spill, entre otros). Cuando se despidió, Susan prometió llevarme al día siguiente, antes de partir a La orduña a pasar sus últimos días en México, el disco de Sea Wolf.

Llegó puntual y yo había olvidado comprarle algún recuerdito de Xalapa. Lo único que se me ocurrió fue grabarle 3 discos de son jarocho y mariachis que tenía en la computadora, pero tampoco tenía discos vírgenes. Le pregunté que si llevaba consigo una memoria USB, y dijo que no, entonces hice la bajeza más grande de los tacaños, la mandé a comprar una memoria "baratita", a una cuadra de la escuela, ¡je! ñ_ñ. Regresó y le copié los archivos en mp3. Ella en cambio me dio el disco original de la banda de su hijo.

Escuché el disco completo por primera vez en la sala de mi casa, mientras iba leyendo la letra de las canciones. La música y la voz me parecieron agradables, pero sabía que mi juicio estaba siendo menos subjetivo por haber recibido el disco de regalo y por tratarse de un familiar de una conocida. Sin embargo, conforme fui escuchándolo más, me di cuenta de que me había topado con un excelente material, con un grupo que tiene mucho que dar. En algunas canciones como "You're a Wolf", "Black Dirt" o "The Cold, The Dark and the Silence" se nota mucho el estilo de indie rock que se está escuchando ahora, principalmente en las guitarras con rasgueos sencillos y repetitivos, otras canciones tienen más a lo acústico, y en general creo que es un disco de música linda que entra fácilmente. Vale la pena tener en la mira a estos chicos pues posiblemente puedan ir mejorando y dándonos una buena sorpresa. Espero seguir en contacto con su mamá para que cuando tengan un concierto, me consiga un backstage pass =).


Actualización (28/02):

No dije que el chavo se llama Alex Brown Church, que canta y escribe las canciones y que se ve así. Su myspace y uno que otro videíllo.

viernes, 15 de febrero de 2008

Fue por eso



Sí, queridos tres lectores, La Idioteca retoma su actividad desde ayer que el WGA (el Sindicato de Guionistas de Estados Unidos) decidió levantar la huelga. Si ustedes tres se preguntaban por qué ya no habían visto nada nuevo en este rincón era precisamente por ello, ya nos cumplieron =)

miércoles, 23 de enero de 2008

Marcianos


Hablando de coincidencias, ¿no se les hace una coincidencia que salga una nota de este tipo justo cuando la economía estadounidense, y en consecuencia, la economía mundial, está a punto de entrar en una recesión? Sólo tengo una cosa que decir: chupacabrismo.

martes, 22 de enero de 2008

Una coincidencia

Que alguien me explique por qué más de una vez me ha ocurrido esto. Posiblemente no soy el único al que le sucede. Inclusive, con más seguridad puedo decir que es algo insignificante y creado por sugestiones fantasiosas. Pero hoy volvió a pasar.

Con certeza recuerdo que me ha sucedido al leer a G. A. Bécquer, a E. A. Poe, a G. G. Márquez, a J. W. Goethe, y a otros más a los que no podría citar con total convencimiento. Por presentárseme en más de una ocasión es que me ha llama la atención, aunque hasta ahora es que me atrevo a hablar de ello.

Mis hábitos de lectura siempre han sido principalmente callejeros, o mejor dicho, automovilísticos (más precisamente, en camiones del transporte público). No pienso buscar ahora una razón del porqué he leído gran parte de lo que he leído en los asientos de un servicio urbano, pero así sucede. Además, regularmente cuando deambulo, desde que estudiaba en la secundaria solía transportarme acompañado de música (en aquel entonces un walkman, porseriormente un reproductor de discos compactos siempre iba guardado en mi mochila, y más recientemente el inseparable iPod).

Aunque la coincidencia de la que quiero hablar no se trata de eso, son dichos factores los que se han visto mezclados de una manera bastante singular para llamar así mi atención.

Para explicarme más claramente, pondré como ejemplo lo que acaba de sucederme hace unos minutos, lo cual propició que escribiera esto.

Leía, desde hace unas cinco o seis semanas, un libro escrito por Hazel Rowley llamado Sartre y Beauvoir, el cual me regaló amablemente una alumna canadiense de español quien, dicho sea de paso, se dedica a escribir. Desde que leí el prólogo me atrapó, quizá por el morbo de leer la vida privada de ambos personajes. Ese morbo fue creciendo página con página; me fui enterando de cómo estos grandes franceses fueron abriéndose el camino en el mundo intelectual del siglo XX, siempre juntos, siempre sinceros, siempre comprometidos entre sí, aunque compartieran su vida y su cuerpo con otras "parejas contingentes", como ellos mismos solían llamarlas. De esta manera la lectura fue fluyendo, sólo las vacaciones decembrinas truncaron brevemente ese devenir, no obstante en los días recientes me interné de nuevo en la vida de estos escritores tanto que hace unos momentos le di fin a las más de quinientas páginas que se llevó Rowley para hablar de la vida de ambos, pero sobre todo de su peculiar relación.

Sigo sin contar en qué consiste la coincidencia. Gracias al que no ha sucumbido a mi cantinflesca escritura. Eccola: faltándome unas treinta páginas para terminarlo, ya estaba yo en mi trabajo, no había nadie alrededor y comencé a poner música al azar. Pasaban las hojas y yo notaba cierto paralelismo entre los ritmos de las melodías y el ambiente que recreaba la biógrafa, como si se tratara de un fortuito soundtrack de lo que estaba leyendo. Al final, cuando se hablaba de las muertes de ambos personajes, dos canciones de Alaska in Winter (un grupo que pocas veces escucho, pero que ahora ha crecido mi interés en ellos), enmarcaron el final de la lectura con canciones tan tristes como si fueran un réquiem. Lo más sorprendente no fue que la música encajara sino que mis ojos llegaron al punto final justamente al mismo tiempo en que las ondas sonoras dejaban de percibirse.

Esa misma sincronía se presentó con los autores que cité al principio, con otras canciones obviamente, pero siempre dejaron un sabor muy agradable por enriquecer ese momento. Tengo muy marcadas las experiencias donde se mezclaron Poe y The cure, o Bécquer y los Smashing. ¡Ah! Y acabo de recordar que el Rojo y negro de Stendhal también corrió la misma suerte, aunque no recuerdo qué música escuchaba en ese momento. Cabe aclarar que no necesariamente los finales de los libros sucedían en los camiones, esos sí, la mayor parte de las veces, se han dado en mi cuarto o un lugar tranquilo donde pueda despedir, con más intimidad, a los personajes y a su historia.

lunes, 7 de enero de 2008

Magos

Ojalá tuviera 18 años menos. Ahorita estaría preocupado porque no se le acabaran las pilas a los juguetes que me dejaron los Reyes y no por...

jueves, 3 de enero de 2008

martes, 1 de enero de 2008

2008 de sorpresas

¡Oh! ¿Y qué encuentro al husmear la web? Un regalito para todos los que disfrutamos de Radiohead. Disfrútenlo y a esperar a que el material llegue a nuestras manos para poder olerlo y saborearlo completamente.

Y ahora...

Time to clean my shoes




lunes, 31 de diciembre de 2007

Se fue


El 2007 se acabó. Se lleva muchas cosas, pero me dejó muchas también.
Personas, vivencias, momentos, canciones, recuerdos, amigos, pendientes, objetivos, sonrisas, tristezas, mascotas, viajes, conciertos, aprendizajes, errores, borracheras, libros, películas, novedades, costumbres, incertidumbres...
Ya veré qué me deja el 2008. No creo que cambie mucho el tenor, aunque sí hay un par de metas fijas que pretendo alcanzar, que son necesario completarlas. Sólo pido salud, una pizca de fortuna y otra de ánimo para que todo vaya no tan peor.

jueves, 6 de diciembre de 2007

Dormir en las tardes

Cuando duermo en las tardes (cosa extraña) sucede lo que ahora: no puedo conciliar el sueño en las noches. Son casi las tres, llevo varias semanas sin dormir más de seis horas diarias, y hoy, que bien podía haber dormido largamente, sigo aquí, escuchando música, navegando y haciéndome pendejo.

Y todo porque fui a comer a casa de Yola, mi tía, pues en estos días tengo que quedarme a dar unas clases en mis horas libres. Pero la chica se enfermó y tuve una hora más libre (2 en total), y después de haber comido los manjares de mi tía, me dispuse a echarme un rato en la cama del Tata, mi primo. Las pendejadas de Kristoff sirvieron como cloroformo y caí. Media hora o no sé cuánto, desperté y regresé al trabajo.

El día de ayer (miércoles) fue bueno. La inspección del representante del Instituto Cervantes a nuestra escuela finalizó, después de 3 días. Me entrevistó más de una vez y quedé satisfecho con mis respuestas, pues noté que me felicitaba con sinceridad, ya que hice más de lo que me había pedido y además atinadamente. Se pretende que mi lugar de trabajo (la EEE) sea sede de dicha institución ibérica, aunque no creo sinceramente que ello cambie mucho las carencias que aún tenemos...

Qué patético, desvelarme para hablar de mi trabajo. Concluyo, pues, que no debo volver a dormir en las tardes, para no terminar reactivando mi blog con posteos como éste. Disculpe usted, quien ya tiene su dedo en el botón izquierdo para darle clic a Google o algo más interesante.

...y la siguiente canción que se escuchó randomly fue:

Dance Me to The End of Love
Leonard Cohen

y diche achí:

Dance me to your beauty with a burning violin
Dance me through the panic 'til I'm gathered safely in
Lift me like an olive branch and be my homeward dove
Dance me to the end of love
Dance me to the end of love

Oh let me see your beauty when the witnesses are gone
Let me feel you moving like they do in babylon
Show me slowly what I only know the limits of
Dance me to the end of love
Dance me to the end of love
Me to the wedding now, dance me on and on
Dance me very tenderly and dance me very long
We're both of us beneath our love, we're both of us above

Dance me to the end of love
Dance me to the end of love

Dance me to the children who are asking to be born
Dance me through the curtains that our kisses have outworn
Raise a tent of shelter now, though every thread is torn
Dance me to the end of love

Dance me to your beauty with a burning violin
Dance me through the panic till I'm gathered safely in
Touch me with your naked hand or touch me with your glove
Dance me to the end of love
Dance me to the end of love
Dance me to the end of love

lunes, 29 de octubre de 2007

Manifest 2007

Post que debió haberse publicado hace algunos ayeres (de hecho guardé el borrador desde el 29 de octubre como se ve arriba), sale sin embargo hoy, 16 de noviembre a las once de la mañana, pues no tengo mucho que hacer y era una entrada pendiente.

Manifest 2007. Mi primer festival de rock

I. Rocktubre o de cómo me enteré del festival.

El mes de octubre fue uno plagado de conciertos en nuestro país (mejor dicho, en el DF). Varias bandas de calidad visitaron tierras aztecas y entre tanta música antojable yo tenía que asistir a alguna presentación. Primeramente fueron los Killers mis elegidos: vendrían a presentarse en el Motorokr junto a Incubus, Austin TV, Volovan y otras banditas locales. Ya estaba pensando cómo hacerle, pues sería un festival largo, todo un viernes, lo cual me haría faltar al trabajo, aunque no me importaba correr el riesgo. Cuando se lo platiqué a algunos amigos, Cheto me dijo que también había escuchado el rumor de que vendría Interpol. "Aaah... (carita pensativa)" fue mi respuesta. Lo verifiqué en la red, "Interpol en México" ingresé en el espacio de búsqueda y encontré un tal Manifest 2007. Una página bien hecha, con colores contrastantes donde me enteré que vendrían varias bandas justo ocho días después del dichoso Motorokr, es decir, un sábado, lo cual se acomodaba más con mis horarios, aunque sobra decir que lo que más me llamó la atención fue que Interpol se presentaba. Además, iba a ser al aire libre, un festival como esos que había visto tantas veces en la tele, que abarcaba varias horas. Me latía la idea.

II. Preparativos o "chingue su madre, vamos, a ver qué sale"

Comencé a convocar a la flota, para sentirme más seguro, además, siempre hemos dicho que sería chido ir a un concierto todos, pero a la mera hora... pues ya sabemos. Empezamos a echar números:

a) $590 del boleto más comisión de ticketmaster ----> 700 varos;
b) $450 de camión, redondeándole unos ------------> 500 varos;
c) $300 de comida y bebida ------------------------> 300 varos;
d) $200, el souvenir, la playerilla, la taza, llévelo ---> 200 varos;
E) $300, por aquello del no te atores, --------------> 300 varos;
--------------------------------------GRAN TOTAL 2mil varos.

A dos mil tenía que ascender el ahorro, y desde ahí muchos ya le pensábamos, pero hicimos el esfuerzo y al final, por diferentes causas (no sólo pecuniarias) terminaríamos apuntándonos como seguros el buen Cheto (una vez más :-s jeje n_n) y su servilleta. Bueno, pero ¿de qué se trataba todo esto?

III. Alineación o a qué hora tendremos tiempo para comer, mear o echarnos en el pasto

Ahora teníamos que decidir a qué bandas veríamos, y para eso primero teníamos que conocerlas. Los horarios nos permitían ver casi a todas. Comencé a hacer mi búsqueda tanto en myspace como en las mismas páginas de las bandas, o bien bajando el disco de donde se dejara. Así conocí a The Horrors, The Whitest Boy Alive, The Rapture (ya lo conocía pero lo escuché un poco más), Teddy Bears, Yo la tengo, y ya, las demás me valían.

IV. El concierto o ya me castré de hacerle a la mamada, mejor me voy al meollo del asunto

Resumo cómo llegamos a la Alameda Santa Fe, sede del manifest: viajamos en ADO la madrugada del 27 de octubre. Llegamos al DF, desayunamos por ahí, rolamos por Reforma, llegamos al Auditorio, un camión nos llevó hasta el recinto, nos formamos por una larga hora viendo puro mocoso uniformado de indie rocker o whatever, no me dejaron meter unos doritos nachos :-( , nos acomodamos en una lomita disfrutando de una chela y un tabaco antes de que dieran las 2, hora del inicio del festival.

La primera banda (The Seamus) nos la perdimos porque nos equivocamos de escenario, ¡ja! Nada de qué arrepentirse, creo. Luego encontramos a Los Concorde, irrelevantes. Luego Chikita Violenta, aguantamos dos rolas, y regresamos por más chelas y a ver a los Whitest Boy Alive, la primera sorpresa del día. Había escuchado su disco unas tres veces antes de verlos, y pude identificar algunas canciones, me gustaron mucho cómo se acoplaron, a pesar de que el sonido no fue de lo mejor (poca madre), la voz de Erlend Oye, los teclados, el bajo, la bataca, todo muy chidito. Prendieron. Después de verlos a ellos supuestamente nos daríamos tiempo para comer y demás, pues tocarían en un escenario Jumbo y en otro Titán, y pues como que no era la intención.

Regresamos al escenario rojo a ver a Yo la tengo, sin embargo llegamos enojados por no haber podido comprar ni comida ni bebida por la pésima organización. Era como estar en una kermese, comprando primero los boletitos y luego yéndolos a cambiar. Por ello, y porque el frío comenzaba a arreciar, quizá fue que no disfruté en absoluto a Yo la tengo, a pesar de tener tan buenas referencias de ellos. Simplemente no se dio el clic. Preferí ir a hacer cola para comprar unas chelas (que no había), durante una hora, escuchando la hilarante plática de dos pubertos pachecos, cito: "no maaames, anda suelto el duendeciiiiiiiillo jajajaja" (comentario después de que un olor a marihuana fue percibido en las cercanías del stand). Cuando comenzaba a dejar de sentir las manos por el frío, llegaron las gracielas. Tanto pedo pa dos pinches chelas, porque la nena del Cheto me había mandado un mensaje diciendo "si estás en las chelas, no me traigas porque hace un chingo de frío". Eso me pasa por ir con putos jajaja. Ya cuando regresé a buscarlo iba a comenzar a tocar The Rapture.

Nos colamos entre la multitud y le di la bebida a pesar de que no quería. Le eché el coco-wash de que con eso se le quitaría el frío porque su cuerpo se templaría y la mamada, y funcionó. Pero seguíamos sin comer desde la mañana, pero ya nos habíamos resignado. Antes de que saliera The Rapture veíamos en las pantallas gigantes a los Teddy Bears desde el otro escenario. Pensé que hubiera sido chido verlos, pero pues ya estábamos ahí. Aparecieron y comenzó el desmadre. Una hora brincos, buen ritmo y mucho ambiente, pues los dos que cantan en The Rapture nos pusieron a movernos, a olvidarnos del frío. Preferí su música en vivo que cuando los había escuchado en iPod. Como a las 9 acabó y ahora teníamos que esperar media hora para que Interpol llegara. Mucha flota había evacuado ese lugar para ir a ver a The Horrors al otro escenario, pero nosotros ya no quisimos movernos de ahí (ahora creemos que la cagamos). Yo me escabullí al baño y de regreso encontré a un señor-oasis que vendía mini pizzas. Compré un par y ya así por fin comimos algo.

Anunciaron a Interpol. Ya no estábamos en el mismo lugar porque entre tanta gente nos habían empujado un poco a la izquierda y ya no teníamos una vista tan buena. Además, me tocó estar detrás de una garrocha, tons me tuve que acostumbrar a asomarme. El dolor en la espalda comenzó a matarme. La música era fenomenal, pero el dolor, el frío, la gente empujando, los babosos que van a cantar en lugar de escuchar (imbéciles, canten en el baño o en su coche. Bueno, yo también canté a ratitos jaja), y la parsimonía de la banda, como que no lograron hacerme olvidar que estaba incómodo. Interpol interpreta magistralmente su música, sin embargo tienen esa pose de hueva que hace ver a un contrabajista de cualquier orquesta filarmónica más prendido. Cuando llegó el encore, nos moveríamos hacia otro lugar, más alejado y cómodo, donde debimos haber visto todo el concierto pues se escuchaba mejor y podías sentarte o buscar un lugar más agradable. Finalizó a las 11 y salimos. Teníamos que regresar esa misma noche pues no teníamos a dónde quedarnos.

Souvenir pequeño. Viaje en camión de regreso al auditorio. Metro a Tacubaya. Metro a San Lázaro: unavailable. Par de desconocidos que iban a la TAPO. Taxi a la TAPO con los desconocidos. Carrera para llegar antes de que se fuera el último ADO de la noche. Arribo a los andenes como de película. Descanso de nuestra espalda. Cambio de horario. Viaje de 4 horas (3 con el nuevo horario). Camita, dulce camita. Misión cumplida.